Transformando pequeños en gigantes
Inspirados en la Pedagogía Waldorff
Deja de pedir permiso a tus hijos para todo, y fortalecerás su individualidad

Por Gerson Pérez Cardoza, co fundador de la Comunidad de Aprendizaje basada en la Pedagogía Waldorf – Niño Mágico en Guadalajara, México.

Preguntamos todo, sin darnos cuenta

mama preguntandole a su hija

Este artículo empezó a gestarse una hermosa mañana de Febrero, de esas que todavía nos recibían con frío, cuando llegaba a la escuela una pequeña de año y medio de la mano de su joven y siempre radiante madre:  Se detienen ambas por un instante ante la puerta de entrada, y después de saludar amablemente, la madre nota la indecisión de su pequeña, se inclina ligeramente y le pregunta con toda dulzura: “¿Quieres entrar ya a la escuelita?”, a lo que la niña responde de inmediato moviendo la cabecita de lado a lado, sin decir palabra, en un suave pero enérgico gesto de negación.  La madre, desconcertada, replica diciendo: “¿No quieres entrar?, mi vida, ya es hora”.  Alcanzo a notar cómo el gesto de la niña empieza a convertirse en una negación cada vez más contundente y su cuerpecito se echa hacia atrás, jalando la mano de su madre en dirección opuesta a la entrada.  De inmediato, me dirijo a la niña, quien a esto ya está a punto de empezar a llorar, la tomo de la mano, y sin decir nada la veo, le sonrío y paso con ella por la puerta de entrada, entregándola a sus maestras que la reciben adentro con la alegría de siempre.  El día transcurre con total normalidad.

Regresando a la puerta, le digo a la madre que me gustaría comentarle algo, y simplemente le digo que no es necesario preguntar a los niños pequeños si quieren hacer algo, basta con hacerlo con ellos, las palabras sobran, porque en la etapa de desarrollo en la que se encuentran, no son capaces de hacer la valoración interna de sus deseos, y no pueden ofrecer una respuesta desde su yo, lo harán desde el impulso del momento.  En cambio, nosotros los adultos que estamos a cargo de ellos, sí sabemos lo que es mejor para ellos, ya lo hemos elegido, y consecuentemente no es necesario preguntárselos otra vez.

Sorprendida, la madre me dice: “¿De verdad le pregunté? ¡No me di cuenta!”, y claro, es que vemos a nuestros hijos tan bellos, tan dulces, que deseamos ser siempre suaves con ellos, y sin querer, les preguntamos todo: “¿Ya te quieres ir? ¿Quieres comer ya? ¿Quieres dormirte ya? ¿Le apagamos a la tele? ¿Te cambio de ropa? ¿Quieres más verdura? ¿Me devuelves mi celular?” en fin, les peguntamos TODO. La joven mamá, se retira de la escuela, comprometida a auto observarse, para saber si existe o no en ella el hábito de preguntarle todo a su hija.

Elegir por el niño, es quitarle un estrés innecesario

niño confundido

Podemos sentir que decidir por ellos, es no reconocerlos como individuos, cuando es precisamente lo contrario.  Yo lo reconozco como ser individual, estoy totalmente consciente de sus necesidades, hago las elecciones por él (pues él no puede hacerlas, es pequeño aún), y de esa forma le estoy dando su lugar, permito así que sus energías vitales se enfoquen en desarrollar lo que en ese momento le corresponde, y no le distraigo con tomar pequeñas decisiones a lo largo del día, decisiones que sólo le generan un estrés innecesario, y que para nada le preparan para tomar decisiones.

He escuchado muchas veces decir a padres de familia y he leído en Internet de padres que les preguntan todo a sus hijos, para que se acostumbren a tomar sus propias decisiones. Refutar este argumento es realmente sencillo: Tomar decisiones es una habilidad adulta, que empieza a desarrollarse hasta el momento en el que se es capaz de ponderar pros y contras de cada opción, es una actividad eminentemente intelectual (hablo aquí de las decisiones racionales, no de las decisiones por impulso, que para fines prácticos están supeditadas al sentir del momento, casi diríamos que por el azar), y como actividad intelectual, sólo surge tras adquirir la real conciencia del yo, cosa que ocurre hasta la infancia media (entre los 11 y los 13 años).

Que nadie se espante, no digo que debamos esperar hasta los 13 años para preguntarles a nuestros hijos si desean algo o no, sino que no es hasta ese momento en donde la habilidad de tomar decisiones racionales empieza a desarrollarse con intensidad.

Entonces, ¿No le pregunto nada?

Me han preguntado: “¿No debo preguntarle ni siquiera si quiere el vestido rojo o el azul? No quiero ser dictatorial con mi hijo, e imponerle hasta el color de la ropa”, se trata aquí de reconocer la muy sutil diferencia entre una decisión que surge de una preferencia, y una decisión que surge de una ponderación de factores.  Los niños pequeños hoy dirán que su color favorito es el rojo, mañana dirán que el verde, y al día siguiente que el azul (o al mes siguiente, o al año siguiente), eso va y viene, porque aún no está en desarrollo esa cualidad del yo que es capaz de reconocer los límites entre la vida exterior y la vida interior. Así, si un compañerito dice que su color favorito es el rojo, el de al lado grita exaltado: “¡El mío también!”, y el día termina con esa preferencia, a la mañana siguiente, repitiendo el ejercicio, uno de ellos dice: “¡Amarillo!” y es probable que el salón completo termine adorando el amarillo. Entonces, si yo pregunto a mi niño de menos de siete años: “¿Quieres la camisa lisa o la de cuadros?”, puedo esperar una respuesta hoy y otra muy diferente en una semana, consecuentemente, es una pregunta que es más o menos irrelevante en términos de la actividad interior que genera.

Plena consciencia

niños jugando con la pelota

Muy distinto es el caso si estoy en una fiesta infantil con mi hijo, y a las 6:30 pm, le pregunto: “¿Te quieres ir ya?”, su respuesta obedecerá a cómo se siente en ese momento:  Si el niño está jugando muy alegremente, su respuesta será: “No quiero mamá”, pero yo que soy el adulto a cargo, sé que ya ha jugado muchas horas, que probablemente sus reservas de energía están próximas a terminarse (lo que quizás lo ponga sensible y propenso al berrinche), que está cayendo la tarde, y que es momento de empezar todo el ritual de preparación para dormir, y que es momento de irse, entonces, no le pregunto si se quiere ir ya, lo tomo de la mano y le digo: “vámonos hijo”, es así de sencillo.  Claro que esto demanda plena consciencia de nuestra parte, demanda estar atentos a las necesidades de nuestros hijos, mantener siempre el radar encendido.  Es más sencillo (pero irresponsable) aventarles a ellos la decisión.  He escuchado frases como: “Anoche nos dormimos muy tarde, porque el niño no se quería dormir”, y me pregunto ¿Dónde estaba el adulto a cargo?

No es que sea más cómodo para nosotros, es que es mejor para ellos

La joven madre de la que hablé al principio, llega al día siguiente, radiante como siempre, deseosa de compartir con todo el mundo su gran descubrimiento: “¡Mi hija ayer comió todo lo que le ofrecí, comió casi el doble que el día anterior, se durmió temprano y no me hizo ningún berrinche toda la tarde! ¡No lo puedo creer! ¡Me di cuenta que le preguntaba todo, y a todo me respondía que no!, ayer simplemente hice las cosas con ella sin preguntarle, y todo fluyó de maravilla”.  La niña llevaba varios días sin comer bien y la madre empezaba a estar visiblemente preocupada por el problema, que se resolvió de un día para otro, con un cambio muy simple.

No hay imposición alguna, no hay dictadura, es de verdad simple: Yo elijo por ti, tú dedícate a ser niño, yo cuido tu alimentación, tu vestimenta, su sueño, todo, mientras tú desarrollas en tu alma las fuerzas que te permitan una suave encarnación al mundo, para que, llegado el momento, tomes las mejores decisiones.  Por ahora, te tomo de la mano y te muestro el camino, sin preguntar, sin explicar, pero sí, reconociéndote como ser humano y honrándote como ser en crecimiento.

 

 

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